Los grandes amores de Cuba
Otra libertad le ha sido posible desde que fue detenido hace casi nueve años, al igual que sus compañeros Gerardo, Ramón, Fernando y Antonio. De pactar con sus captores, quizá no hubiese habido juicio, apenas, una multa. Pero los dos pactaron por el amor; a ellos mismos, a sus hijos, a la Patria, y por eso, este será un día más en que, aun separados, deberán alimentar la esperanza. De septiembre a la distancia Un toque insistente a la puerta comenzó a desbaratar la noche del 12 de septiembre de 1998, en la que René cuidó a su hija Ivette hasta que Olguita regresó a casa. Descalzo, en short, se tiró de la cama; descalzo y en short lo tiraron al piso, lo esposaron y, luego, se lo llevaron.
Este Día de los Enamorados, René González Sehwerert podría estar junto a su esposa, Olga Salanueva Arango. No por Justicia, posibilidad que, para llegar a ser, todavía necesitará de lucha y optimismo.
De la paz del hogar solo quedó, guardada en la cámara fotográfica —que, increíblemente, no incautaron ni rompieron en el registro—, una foto en la que, un rato antes, la pequeña dormía tranquila sobre el pecho de su papá.
Asediada, obligada a mudarse en busca de los alquileres más baratos, vivió esta mujer antes de ser detenida. Mientras, en una celda de castigo intentaban «ablandar» a los Cinco para que «negociaran» su deshonra.
«Les propusieron llegar a acuerdos con el Gobierno. Consistían, fundamentalmente, en que colaboraran para descubrir a otras personas que hicieran lo mismo que ellos. Si se prestaban para eso, no irían a juicio y recibirían condenas muy bajas, y ya hoy estuvieran libres. En el caso de René, vincularon los acuerdos con la familia y le prohibieron que fuera visitado por las dos niñas» —explicó recientemente en Santa Clara Roberto González.
Cuatro meses tenía Ivette la noche de la detención; un año, cuando se produjo una «visita especial». Asistieron, además, Irmita, la hija mayor, Olga y Roberto, quien recuerda la vigilancia permanente de los oficiales del FBI para crear un clima de supuesto peligro, pero...
«René estaba sentado, esposado a la silla. A Ivette la pusieron sobre la mesa, y él no la pudo ni abrazar. Era un mecanismo de presión, un mecanismo para humillar y aplastarte sicológicamente. Él tenía una expresión como "de mirarte sin verte". Irmita lloró unos segundos, y René le hizo un chiste…»
Pero Ivette, que era demasiado pequeña para comprender, hizo «Jau, jau», porque al verlo encadenado lo asoció con un perro.
Estos eran métodos del Gobierno, al igual que los 17 meses de confinamiento solitario, privado de todo contacto humano. Pero no firmó, respuesta poco común en una nación donde, por práctica, el 90 % de los casos se «arreglan».
Un acuerdo: no acordar
Como inicialmente el juicio empezaría el 1 de septiembre de 2000, desde el 31 de julio le habían hecho una propuesta de acuerdo, con fecha máxima para ser firmado el 15 de agosto.
«Si René se confesaba responsable de conspirar contra los Estados Unidos, ellos dejaban a Olguita vivir en ese país; si René no lo hacía, entonces la votaban.
«El día 15 René lo que hizo fue dibujar un dedo en el espacio de la firma» —recordó el también abogado Roberto González—, mientras con su mano reprodujo el gesto del dibujo: un puño cerrado y el dedo del medio hacia arriba.
Eso en cubano quiere decir mucho más que «NO».
El 16 de agosto por la mañana, en menos de 24 horas, Olga Salanueva fue arrestada. Poco después de la detención, sería su último encuentro con René.
«Van a la cárcel donde estaba René y le llevan a Olga. Entonces le vuelven a ofrecer un acuerdo. Él dice que no hay arreglo, que así, menos todavía. Olguita, por supuesto, contesta lo mismo: "Si no han arreglado hasta ahora, menos todavía".»
Rumbo a La Habana
Tres meses permaneció encerrada en la prisión de Fort Lauderdale, a pesar de haber sido detenida solo por supuestas violaciones migratorias.
En ese tiempo Ivette tuvo que ir a casa de la abuela de René, quien asumió su cuidado. Afortunadamente, Irmita se encontraba en Cuba.
A la más pequeña, de apenas dos años, le dijeron que su mamá estaba enferma. Pero aun así, cuando la llevaron a verla, algo se hizo raro para su sagacidad infantil: «En ese hospital nadie tose, hay que hablar por teléfono a través de un cristal.»
Fueron tiempos muy difíciles y decidieron no sacar a la niña hasta tener la certeza de que Olguita vendría. De esta manera sería menos traumático un cambio que, inevitablemente, ya lo era: llegar a una Habana desconocida, cambiar del inglés al español…
Entretanto, en espera del inicio del proceso judicial que se posterga, René intenta liberar a los suyos de toda preocupación sobre su estado. En carta del 6 de noviembre de 2000, pide a su esposa:
«Quiero que recuerdes que yo estoy bien. Que nadie tiene el poder de hacerme infeliz aquí, de la misma manera que nadie lo tuvo para hacerte infeliz durante tu encierro, pasando malos ratos. Eso no está en manos de nadie, solo en la mías.
«Confía en mi formación, en la educación que me dieron mis padres y en la dignidad con que se me hizo crecer. Aunque tal vez nunca te lo he preguntado, supongo que esas estén entre las características que un día te hicieron fijarte en mí. No creo que sea pura casualidad el que las compartas conmigo.»
El 22 de ese mismo mes, Olga salió hacia La Habana, sin poderse llevar consigo a la niña, porque las autoridades le negaron esa posibilidad. La reacción ante los acontecimientos recientes, y los que luego se sucederían, quedaron en el diario de René, el 21 de noviembre.
«Mi amor, hoy comienzo la carta más larga que he escrito o escribiré en mi vida. Te la dedico a ti en este día en que tantos sentimientos y sensaciones encontrados me asaltan. Por un lado, el alivio de saber que al fin saliste de tu prisión […] que te habrás reunido ya a Irmita, […] que habrás dejado de ser un instrumento en todo este torpe chantaje que se trató de imponerte inútilmente.
«Por otra parte, la incertidumbre de no saber cuándo te podré ver de nuevo.»
También sobre su ánimo pesaba «que todavía no tengas a Ivette contigo». El alivio para esa tristeza llegaría el 23, cuando la niña arribó a Cuba junto a su abuela Irma Sehwerert.
Sospechas ciertas
El 27 de noviembre de 2000 comenzó la farsa de meses, que en solo unas horas encontró para él un veredicto judicial: 15 años, y otro no escrito al que también ha sido condenado: Olguita nunca más ha podido visitarlo, y solo en diciembre de 2006 pudo abrazar a Ivette.
«Ivette es ciudadana norteamericana, porque nació en los Estados Unidos. Lo que se le estaba limitando era ir con su mamá —explicó Roberto—. ¿Por qué si hablan de su padre como una buena persona, está preso?»… Han sido muchas las preguntas que hubo que responderle antes de que estuviera preparada sicológicamente para hacer una visita con su hermana Irmita.
Siete veces le han negado la visa a Olguita, quien pudo haber ido a prisión nuevamente.
«La primera vez (2002) se la dieron y le hicieron trampa. Por suerte no funcionó, porque si no, estuviera presa. ¿Cuál era la trampa?
«René sospecha y nos manda decir que allá con él hay un dominicano que había entrado a los Estados Unidos después de ser deportado, y que lo había hecho con visa, y, sin embargo, estaba preso.
«Los abogados nos explicaron que cuando tú eres deportado, aunque recibas una visa del Departamento de Estado, el que te coge preso es el Departamento de Inmigración, porque tienes que tener una licencia especial del Fiscal General para poder entrar, y no puedes hacerlo antes de los cinco años. Olguita iba a entrar y la iban a arrestar.
«Los abogados propusieron un pacto de caballeros: "Dígannos si tienen intenciones de perseguirla." La respuesta fue citar a Olguita a la Oficina de Intereses en La Habana, le pidieron el pasaporte y donde estaba la visa le pusieron el cuño de cancelada.»
Pacto por la Patria
¿Por qué, aunque ya cumplen injustas condenas, persisten estas presiones?
«En la ley norteamericana tú puedes hacer un acuerdo en cualquier momento. Lo hacen mucho con personas que ya están sentenciadas, pues los consideran más vulnerables.»
Mas, en el caso de los Cinco ha sido distinto, y así lo valoran muchos amigos en el mundo, e incluso, de la población penal.
En su diario contaba que el 27 de noviembre de 2000, al regreso de la Corte, los recibieron en «medio de aplausos y peticiones de autógrafos de los presos que nos habían visto en la televisión».
Roberto rememora que un preso que planchaba ropa a cambio de latas de atún, cuando René se preparaba para una visita, le alistó su traje, y hasta le buscó una camisa menos desteñida. Lo hizo sin cobrarle nada, simplemente, porque para él era un honor.
También, un guardia se le acercó en el comedor y le dijo: «[…] yo sé que con usted se está cometiendo una gran injusticia, y yo estoy de parte suya.»
En la cárcel, René no es un preso más. Él es Cuba, como le llama el resto de la población penal.
«Quiero que recuerdes que yo estoy bien —le dice a su esposa—. No te niegues un momento de alegría, una sonrisa, un juego con las niñas, una reunión familiar, una salida para divertirte, una actividad en tu trabajo […]
«Si algún día la sombra de mi situación se interpusiera para privarte de alguno de esos momentos, espántala, pues no será mi figura la que esté proyectando esa sombra...»
«Ellos están bien…» —explica su hermano Roberto—, porque no se quebranta su moral y están luchando. «Pero están presos…»
Por eso, no habrá 14 de Febrero juntos para René y Olguita hasta que la Justicia se imponga. Antes, sería romper el único pacto posible para ellos; el que hicieron por ese gran amor que tiene el mismo nombre que él lleva en la prisión: Cuba.
Tags: cinco prisioneros rené
Meneame |
del.icio.us







