PREMIOS 26 DE JULIO A TRES PERIODISTAS VILLACLAREÑOS
El artículo "Memorial del silencio", del colega Yandrey Lay Fabregat, periodista de Vanguardia, obtuvo el Premio en artículo del Concurso Nacional de Periodismo 26 de Julio correspondiente al año en curso. El jurado destacó la solidez y coherencia de argumentos en una alerta sobre los peligros que pueden acarrear los reproductores individuales de música y los riesgos para la comunicación entre los jóvenes.
En la radio Abel Falcón, de la CMHW, obtuvo Premio por su reportaje «Caso Salón Cuba», un excelente material sobre el injustificado abandono de una barbería histórica de la ciudad de Santa Clara, las polémicas aristas del asunto, que concluyó en la reparación y reapertura del local.
Otro villaclareño, Alexander Jiménez, también de esa emisora, se alzó con el galardón especial del jurado en este medio por «El segundo mosquetero de la Sierra», una entrevista a Conchita Dumois, fundadora de Prensa Latina y viuda del primer director de esa agencia, Jorge Ricardo Masetti, en ocasión del 45 aniversario de la desaparición física del ya entonces Comandante Segundo, de la Guerrilla de Salta.
MEMORIAL DEL SILENCIO
Yandrey Lay Fabregat
Foto: Crhystian González Alfonso
Escuchar música por los reproductores de sonido una hora cada día a la semana podría causar problemas auditivos», advertía hace poco un centro de investigaciones europeo. El comunicado señaló, además, que en un quinquenio los daños producirán sordera permanente en los usuarios de esa tecnología.
La noticia ha sembrado la alarma entre los más de 50 millones de europeos que, a diario, viven prendidos a los auriculares. Sin embargo, al parecer los mp3 afectan algo más que los tímpanos. También nublan el entendimiento.
En tiempos recientes he percibido con recelo cómo nuestras calles están repletas de peatones acoplados a los artilugios de última generación. Abundan los casos, crecientes, de transeúntes o conductores hechizados por la era digital. Unos, encerrados en su caja de hierro con la música a todo volumen. Los otros, presos en un mundo de audífonos, timbres y vibradores.
Ya en el mundo se cuestionan las consecuencias negativas de esta práctica. En primer lugar, sus efectos alienantes. Carl Kruger, senador por New York, ha propuesto multar con 100 dólares a los transeúntes que circulen conectados. El político apoyó sus planteamientos en el aumento exponencial de las cifras de accidentes desde que dichos ingenios inundaron el mercado.
Semanas atrás, mientras me dirigía a la Terminal de Ómnibus, vi un ciego que intentaba cruzar la calle. Decenas de peatones, la mayor parte enchufados a un aparatito, pasaron por su lado sin prestarle ayuda. Sentí pena por ese hombre. Un amigo no vidente me dijo una vez que para ellos el silencio pesaba tanto como la oscuridad para el resto de las personas.
El politólogo Langdon Winner afirma que la tecnología modifica la imagen que tenemos de nosotros como individuos. También el papel que desempeñamos en la sociedad. A menudo estos fenómenos nos inundan de modo sutil. Nos percatamos de cuánto hemos perdido en el preciso momento en que no hay vuelta atrás.
Al vagar por mi pueblo he llegado a extrañar la voz humana. Cuadras y cuadras sin escuchar los «Buenos días», «¿Cómo anda la cosa?» o, al menos, el vulgar «Qué volá». Dos o tres veces he protestado contra los vecinos que nos aturden con la música alta o los gritos sin medida. Pero también rechazo ese silencio que me aísla de la vida social.
No quiero pecar de apocalíptico. Tampoco imitar la actitud de los tejedores de Silesia y Lyon, quienes en el siglo xix intentaron destruir las máquinas porque pensaban que ellas causaban las miserables condiciones de vida y los bajos salarios.
Sin embargo, a veces me encuentro rodeado de personas que se refugian en los auriculares de la indiferencia. Día a día subo a ómnibus divorciados de cortesía, donde todos los pasajeros, sentados o de pie, balancean las cabezas a un ritmo alienante. Cada uno sumergido en su propia música, siempre dispuesto a criticar al que escucha una melodía diferente.
La palabra nos convirtió en lo que somos: seres pensantes. El psicoanálisis, por otra parte, ha demostrado la utilidad de la comunicación para aliviar el estrés, entre otras dolencias. El lenguaje es el vínculo que une nuestros recuerdos a la realidad objetiva.
Marcel Proust, el novelista francés, se encerraba en una habitación a prueba de ruidos para poder escribir en paz. También lo hacía Juan Ramón Jiménez, autor de Platero y yo. No obstante, ambos se mantenían ligados al mundo adyacente. La sociedad les servía de materia prima para recrear sus historias.
Nadie puede vivir de manera definitiva en una torre de cristal. El intento de lograr este propósito, voluntaria o involuntariamente, lesiona la salud del individuo y muchas veces la cohesión social.
En las familias, una institución en peligro de desaparecer, la comunicación deficiente trae aparejados los conflictos generacionales. Quizás por eso, muchos padres no comprenden a sus hijos. O el número similar de jóvenes que nunca se atreven a consultar un problema con sus mayores. Igual pasa en la industria, los servicios y hasta en los medios masivos, a pesar de las tan sobrestimadas «relaciones públicas».
También se observa que nuestros estudiantes pierden habilidades en los temas de oratoria y composición. No sería equivocado suponer que al perder la lengua materna no sólo vendrían los inevitables problemas de ortografía, sino también el olvido de la historia y la cultura. Al final de todo, incluso, se corre el riesgo de echar a un lado la patria y mirar con demasiada fijeza los horizontes ajenos.
Aún estamos a tiempo de paliar los daños. Si no hacemos nada ahora, un día la ciudad, el país, el mundo entero, amanecerán en silencio. Seguro los médicos diagnosticarán una especie de hipoacusia generalizada. Perderemos la voz de Cortázar, las notas de Andrea Bocelli, el murmullo poético. Esa mañana unos cuantos soñadores despertarán para preguntarse: «Y las palabras, ¿dónde están?»
Publicado en la edición impresa del periódico Vanguardia.
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