ORGANOPÓNICOS SANTACLAREÑOS EN DECLIVE
Dimes y diretes burocráticos o financieros entre ejecutores y la Granja Urbana, falta de implementos de trabajo, roturas de sistemas de riego, carencia de simientes, de materia orgánica, de autorizaciones de venta de los acopios, abundante enyerbamiento en unos y desidia total en otros, caracterizan el panorama de los organopónicos en zonas urbanas de Santa Clara, según un análisis que publica esta semana el periódico provincial Vanguardia.
El especialista en temas agrícolas Luis Machado Ordetx (cubanosdekilates.blogia.com) señala que el marasmo de la ineficiencia persiste como un azote en aquellos 39 organopónicos construidos a finales de 2008 por entidades del Ministerio del Azúcar. Estos abarcan una superficie de 19,5 hectáreas en los alrededores de la ciudad, y su objetivo inicial era recoger vegetales y hortalizas frescas para su comercialización en los respectivos puntos de venta y en mercados estatales.
El sábado 27 de junio el propio periódico publicó el reportaje «¿Tierra de nadie?», donde se analizaban los fenómenos objetivos y subjetivos imperantes en esos organopónicos; desde entonces surgió una discreta transformación en el desolador panorama de instalaciones ejecutadas a un abultado costo y con la inversión de cuantiosos recursos materiales y humanos. Una vuelta a esos sitios durante el martes 18 de agosto, demostró que… EL CUARTICO ESTÁ IGUALITO.
Osmel Lechuga Claro administra el «Fabric Aguilar Noriega», contiguo al instituto politécnico de igual nombre, y cuenta que después de la salida del reportaje aparecieron funcionarios de la Agricultura para «darle palos»; sin embargo, nada se solucionó en las 65 cámaras en explotación, de 90 con que cuenta el área.
Ahora, junto a su esposa Rosa María Almaguer, recogía habichuelas; pero aguarda explosiones de pepino, acelga, rábano y cebolla multiplicadora. Las ventas se hacen a organismos que adquieren pocas cantidades; el resto se pierde porque no tiene autorización de expendio en puntos exteriores; tampoco la Granja Urbana compra.
Expuesto a que lo notifiquen, se las arregla con ventas ilegales. Al carecer de reportes de comercialización con centros educacionales —de vacaciones hasta hace poco— o de servicios, Lechuga Oliver alegó que no recibe salario de la UBPC Roberto Rodríguez, a la que pertenece.
Igual problema enfrenta el «Enrique Núñez Rodríguez», aledaño al Poligráfico, expuso Antonio Rodríguez Mayea, fundador de ese organopónico de 220 cámaras y solo 40 en explotación. Allí, gracias al esfuerzo de estudiantes y trabajadores, en la actualidad tienen discretas siembras de quimbombó, ajo puerro, cebollino y habichuela.
Declaró que hace poco una funcionaria se presentó en el lugar para recabar producciones de habichuela. Dijo que regresaría por el suministro al siguiente día; por fortuna no acopiaron: la «enviada» jamás volvió a la plantación. Y uno se pregunta: ¿Qué es eso?; no encuentro explicaciones.
Entonces, ¿cómo progresar con inversiones desatendidas? ¿Por qué desapro-vechar recursos que dispuso el Estado en la construcción, y luego contemplar que sus respectivas producciones no son acopiadas, y hasta los trabajadores son maltratados por funcionarios que, al parecer, predican la ineficiencia?
En el «Enrique Núñez Rodríguez» se cambió un transformador eléctrico y se instaló la corriente a las turbinas a partir de cables resueltos por los obreros. «¿Cómo, cambalache?», y ellos ante la pregunta se encogen de hombros. Todavía falta encamisar el pozo de agua, carecen de herramientas para las labores, y cuando ocurren movilizaciones, el que va al campo tiene que llevar sus instrumentos. Nadie quiere incorporarse porque se vive en la zozobra. Sin embargo, haya sol o lluvia, los sembrados esperan por la realización de las debidas atenciones culturales.
Aquel martes, bajo un pertinaz aguacero, hubo brazos y pies junto al surco; proceder que se apreció en el «Victoria de Santa Clara», rumbo a Placetas. Tiene 198 cámaras, y solo 109 están en uso, atendidas por siete trabajadores; faltan otros diez para completar la plantilla, indicó David Ortiz Hernández, uno de los cosecheros.
En la actividad económica, hasta ahora, los representa el MINAZ, organismo que paga 30 pesos diarios a cada cultivador, y en la parte de asesoría y control técnico los asiste la Granja Urbana. Pero, a pesar del salario, a diferencia de instalaciones anteriores, nadie desea incorporarse al campo, al menos así sugieren vecinos de la zona.
«El trabajo es duro —refiere—, y al inicio se toma un organopónico con mucho interés, pero después vienen las despreocupaciones de los organismos que deben atender al obrero y la plantación. Aquí las trampas biológicas entregadas por el MINAZ son insuficientes y están mal concebidas en sus respectivos colores; tenemos aprobado un cultivo tapado y se carece de tubos, según una información administrativa. Todavía esperamos por la colocación de un tanque elevado, los cercados no se terminaron, necesitamos lombricultura y relleno en calles principales y entre canteros, y…», indicó Ortiz.
Por fortuna, la Granja Urbana aquí acopia las cosechas y suministra semillas; no obstante, los suelos barrosos y la falta de humus de lombriz limitan los rendimientos. Eso no es óbice para redoblar esfuerzos y conseguir mayores resultados.
¡EXTRAÑOS SEMBRADOS!
El derroche de recursos prolifera aún: allá en las proximidades de la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Central de Las Villas, las cámaras prorrogan una rehabilitación para recibir simientes que prosperen; al fin parece que hubo riego de herbicidas e interés en aplacar el imperio del «Don Carlos» y otras raras malezas, entre ellas el marabú naciente, y se vertieron algunas lomas de tierra fértil. Los trabajadores que deben asistir el lugar escasean; al menos en el horario de la mañana de este martes no estaban en él.
Parecido está el organopónico del IPI Lázaro Cárdenas del Río; allí los carneros «pastaban» a sus anchas, aunque se distingue una discretísima siembra de habichuelas.
El viernes 28 de agosto este redactor fue invitado a un recorrido por similares instalaciones de la ciudad; se adicionaron otras áreas acondicionadas por Azugrup y Transminaz (ambas del sector azucarero), allá en la carretera que va a Malezas, y también el Pedagógico Félix Varela. En el primero solo 80 cámaras están en explotación gracias a labores voluntarias de las empresas Avícola de Santa Clara y de Semillas. Otros organismos convocados para el auxilio y rehabilitación de los organopónicos se hacen de la vista gorda y no acuden, así ocurre en la segunda instalación. Igual proceder tiene Porcino, y también Acopio, los cuales no apoyan al radicado a un costado del Pedagógico.
En «Los Pinos», aledaño al IPI Lázaro Cárdenas del Río, todavía los azucareros del «Héctor Rodríguez» no han realizado el reacondicionamiento debido. Sin embargo, por fin los dos obreros están contratados y ven destrabarse los mecanismos burocráticos que les impidieron percibir inicialmente un salario decoroso. En aquel próximo a la Facultad de Ciencias Agropecuarias, gracias a la buenaventura se aprecia una evolución positiva por las acciones que acometen fuerzas de los centrales Abel Santamaría y José María Pérez, incorporadas para restablecer un fomento productivo que antes no hubo.
¡Cuántos recursos materiales y humanos invertidos en la tierra sin ningún aporte económico y alimenticio! De veras, el asombro del visitante de esos escondidos sitios lleva a una conclusión: la vista tiene que situarse al frente, nunca atrás, por lo que urge brindar la debida atención al que engendra riquezas y desterrar el mal ejemplo que, como semilla infértil, aún pulula por muchos lugares de nuestra tierra.
Tags: agricultura+urbana Santa+Clara Villa+Clara organopónicos alimentos producción
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