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MIL MILLONES DE PÁNFILOS EN EL MUNDO

Más de mil millones de personas padecen hambre este año en el planeta según las últimas estimaciones de la ONU. La ayuda mundial a la organización es la más baja de las últimas dos décadas. La hambruna alcanzó ya la cifra más alta de la historia. Pocas veces sin embargo, el reclamo de ellos está presente en los grandes medios de difusión. Sus gritos reclamando comida ahogarían sus señales y colmarían sus abundantes páginas, y aún así encontrarían oídos sordos en la mayoría de los políticos del planeta.

Ante este panorama tan desolador, resultaría extraño que el quejido de un cubano, más allá de su marginalidad, fuera amplificado al unísono por decenas de periódicos, organizaciones contrarrevolucionarias asentadas en Cuba y el exterior, sitios web y un amplio sector de la blogosfera en internet... si no fuera porque son los mismos de siempre concertados en un discurso anticubano que se aferra a cualquier detalle, por ínfimo que sea para transmitir un mensaje negativo sobre la cotidianidad del cubano.

Alrededor de 999 millones 999 mil 999 "pánfilos" que padecen hambre en el mundo —entre ellos mujeres y niños, y en los propios países ricos donde se asientan las oficinas de las grandes agencias— no han encontrado su espacio en YouTube, en El País, El Nuevo Herald, la CNN y BBC, EFE o AFP. Por favor, tomen nota de todos los gritos de hambre que escuchen en sus recorridos, no solo en Cuba, para que colaboren con la Organización de Naciones Unidas y los políticos del mundo a eliminar este flagelo a escala mundial.

No hacen falta muchos argumentos, todo aquel que haya estado en Cuba sabe que el grito del ahupado y afamado Pánfilo, no es el común denominador en nuestro país como han querido demostrar con esta ridícula campaña mediática... Lo saben incluso los que promueven y tácitamente se ponen de acuerdo para amplificar el mensaje.

Pánfilo como cualquier cubano tiene derecho al trabajo, a la vivienda, a la atención médica, a una canasta alimentaria básica; a una asistencia social que le procura medicinas y alimentación gratuitas o a muy bajo costo... Solo que, como en cualquier parte, hay quien prefiere beber antes que comer, deambular por las calles antes que residir en uno de los albergues creados para los desatendidos por su familia...

La historia ya llegó a su fin: Juan Carlos González Marco, Pánfilo, está en libertad, fue internado 21 días para tratamiento siquiátrico y desintoxicación por alcohol... y no tendrá que volver a la cárcel después. Los hechos por los que se juzgó a "Pánfilo" se remontan al pasado mes de julio, cuando éste, en evidente estado de embriaguez, interrumpió la grabación de un documental sobre música urbana en Cuba y gritó: "Aquí hay tremenda hambre, lo que hace falta es jama (comida, en el argot cubano)".

La intervención de "Pánfilo" habría pasado inadvertida de no ser porque alguien colgó las imágenes en el sitio Youtube, donde ha sido vista por más de 400.000 personas, y a partir de ahí se crearon grupos de apoyo a "Pánfilo", uno de ellos en Miami.

Recuerden, gente del exilio, opositores y medios de prensa... el caso Pánfilo seguramente pasará a la historia... pero el hambre está ahí, y NO PRECISAMENTE EN CUBA. Echen un vistazo a su alrededor, denle el micrófono a cuanto niño intente limpiar los cristales de sus parabrisas en cualquier lugar del mundo, a cualquier mujer, niña o niño que vean prostituyéndose en las calles; miren debajo de los puentes de las autopistas, en los márgenes de las grandes ciudades, en las carpas donde ahora habitan los desempleados que no pueden pagar sus viviendas... ALLÍ ENCONTRARÁN EL HAMBRE. Pónganla también en YouTube a ver si resiste...

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Comentarios(2) »

  1. Vox Populi — 15-11-2009 - 12:48:16 GMT 1

    CARLOS ALBERTO MONTANER: Raúl Castro y Yoani Sánchez: crónica de fin de régimen

    Raúl Castro ordenó darle un escarmiento a Yoani Sánchez, la célebre cronista cubana autora del blog Generación Y. La policía política –unos tipos fornidos, generalmente karatecas– la golpeó en La Habana y en plena calle. Yoani, una muchacha diminuta y muy delgada, terminó adolorida y caminando con unas muletas. Junto a Yoani había otros dos jóvenes blogueros que también fueron maltratados. Mientras les pegaban, los insultaban y amenazaban de muerte.

    El pequeño grupo de escritores se dirigía a participar en una manifestación pacífica convocada por unos jóvenes músicos que desfilaban por un barrio céntrico pidiendo paz y el fin de la violencia. Eran las mismas consignas puestas en circulación por Juanes, Miguel Bosé, Luis Eduardo Aute, Silvio Rodríguez y Carlos Varela durante un concierto multitudinario dado en la Plaza de la Revolución hace unas semanas.

    ¿Por qué sabemos que Raúl, personalmente, dio la orden de castigar a Yoani? Porque la gran represión en Cuba, la que se ejerce contra los demócratas internacionalmente conocidos, siempre ha sido una prerrogativa del jefe del Estado. Durante cuarenta y siete años ese triste papel lo ejerció Fidel Castro. Desde hace tres, Raúl es quien dirige la cacería. La lógica de esa sangrienta microgerencia tiene que ver con la dinámica de las dictaduras caudillistas. El caudillo es quien único posee el poder de vida o muerte sobre sus súbditos. Si delegara la autoridad para matar o golpear estaría poniendo en peligro su propio cuello. En las pandillas verticales, el que ordena la muerte, el que disciplina, el que escarmienta, es el jefe.

    El costo de este espasmo represivo es muy alto. A ver cómo el pobre Miguel Angel Moratinos, el errático canciller español, explica ahora en la Unión Europea que la dictadura cubana está aflojando la mano. A ver qué argumento puede esgrimir el sector blando del gobierno de Obama para desmantelar las (pocas) restricciones al comercio entre Cuba y Estados Unidos que todavía subsisten. Yoani, es cierto, sufrió los golpes, pero las peores consecuencias las ha sufrido la percepción de Raúl Castro. El anciano general hoy es sólo un gorila más con un ojo involuntariamente hinchado por uno de sus esbirros.

    Y lo peor es que esto le sucede en medio de una creciente crisis material y moral para la cual no se avizora solución. Todas las pequeñas reformas con las que Raúl imaginó poder acelerar la producción no han dado resultado. La sociedad cubana, enredada en las secuelas del colectivismo, sigue siendo tercamente miserable e improductiva.

    No obstante, la zona de mayor gravedad está en el terreno moral. Aunque en la plaza pública continúan gritando “socialismo o muerte” y otras tonterías parecidas, la verdad es que ya casi nadie dentro de la estructura de poder suscribe las supersticiones marxistas. Corazón adentro, lo que desea casi toda la cúpula dirigente cubana es una reforma profunda que restaure la propiedad privada, ponga fin al partido único y que Cuba se convierta en un país normal, como esas treinta naciones que encabezan el Indice de Desarrollo Humano que publica la ONU todos los años. Sus miembros están fatigados del cuento revolucionario.

    aúl no ignora que ésos son los callados deseos de la gente que lo rodea. Cada vez que puede, se lo dice su hija Mariela, se lo insinúa tímidamente su amigo Alfredo Guevara, y lo repite entre dientes Eusebio Leal, el locuaz y efectivo restaurador de La Habana. Hubo una época en que soñaban con salvar el socialismo. Ya saben que eso no es posible. Sin embargo, la inercia de la dictadura, sumada a la nefasta influencia de Fidel, mantiene al régimen empantanado en el viejo discurso y aferrado a los tradicionales hábitos represivos. En realidad, no saben qué hacer. El 9 de noviembre, cuando se conmemoró en todo el mundo el derribo del muro de Berlín, en Cuba celebraron oficialmente la revolución bolchevique de 1917. Poco después golpearon a Yoani y a sus valerosos amigos. Dice Yoani que el hombre que le pegaba tenía el miedo reflejado en su rostro. Lo creo. Son actitudes típicas de fin de régimen.

  2. Vox Populi — 15-11-2009 - 12:52:39 GMT 1

    Cuba: el futuro invisible
    Leonardo Padura

    Sábado, 14 de noviembre de 2009

    Los cubanos de hoy, aun cuando tienen mayor margen de expresar sus insatisfacciones con el presente, son incapaces de prever un futuro que se avizora diferente, pero que nadie imagina cómo le llegará ni cuándo Si el pasado de un hombre puede ser la acumulación de experiencias vividas que lo han llevado a ser el individuo que es, el futuro encarna el sueño, la expectativa de lo que ese hombre quiere o quisiera llegar a ser, de lo que aspira a poseer para tener una vida mejor –en el ámbito de lo material y de lo espiritual. Esa capacidad de proyectar la mirada hacia un porvenir y tratar de forzar desde el presente las cualidades del futuro es una de las condiciones intrínsecas a la condición humana y la fuente de la superación de los individuos y las sociedades a las que pertenecen.
    Para los hombres de mi generación, que hemos crecido y vivido en Cuba a lo largo de las últimas cinco décadas, la noción de un futuro mejor fue uno de los motores que nos impulsó durante nuestra cada vez más lejana juventud. El deseo de superación personal, animado por los vientos de una revolución que transformó la vida del país en los años 1960, nos llevó a imaginar el futuro como un estadio tangible en el que los más esforzados, capaces e inteligentes (o dotados para explotar sus esfuerzos y capacidades) llegarían a tener no sólo satisfacciones espirituales que se concretarían en una sociedad más justa y culta, sino también recompensas materiales difíciles pero no imposibles de lograr: un salario digno, una casa confortable, tal vez hasta un automóvil “asignado” por el Estado (único proveedor de éste y otros bienes desde hace cincuenta años) como premio por la labor social y la superación personal conseguidas.

    La crisis económica y estructural que removió a la sociedad cubana en la década de 1990 como consecuencia directa de la desaparición de la protectora Unión Soviética, financista y socio comercial casi monopólico del Estado cubano, provocó también una fractura en la relación de los cubanos con sus imágenes de futuro: de un día para otro muchas de las esperanzas que nos animaban desaparecieron del horizonte y se impuso una modalidad de lucha por la supervivencia que apenas nos permitía plantearnos cómo “resolver” el día de hoy sin idea de si podríamos solucionar el de mañana. La capacidad y la inteligencia de los individuos muchas veces perdió sus conexiones con el ámbito de las aspiraciones colectivas y desde entonces fueron los más hábiles y arriesgados los que se garantizaron un mejor presente, aunque ni siquiera muchos de ellos pudieron plantearse una estrategia de futuro: la imposibilidad de saber hacia dónde se movía la isla impedía casi siempre la elaboración de ese sueño.

    En los últimos años Cuba ha cambiado. Ha cambiado al punto de que se ha aceptado la necesidad de cambios en las estructuras y los conceptos. Tanto ha cambiado que muchos de los beneficios del pasado, que se identificaron con las cualidades del modelo socialista, hoy son considerados como deformaciones paternalistas, subsidios y gratuidades insostenibles. Y a este tenor se anuncian más cambios, como la posible eliminación de la cartilla de racionamiento por considerarse un subsidio incosteable para un Estado con serias dificultades financieras, la eliminación de la doble moneda (divisas y pesos cubanos) que circula en el país y que dificulta las operaciones mercantiles y la vida cotidiana de la gente (sobre todo de los que no tienen acceso a las divisas) y otras transformaciones de las que no se maneja mayor información y para cuya instrumentación el gobierno ha pedido tiempo. Tiempo del futuro de cada uno de los cubanos.

    Entre los cambios recientes que se han puesto en marcha uno muy revelador ha sido la eliminación, en varios ministerios, de los comedores obreros (también subsidiados por el Estado y fuente de permanente “desvío de recursos”, eufemismo que esconde la palabra robo). En esos lugares, para que los trabajadores puedan adquirir una comida, ahora se les entrega un estipendio de 15 pesos diarios, lo que equivale (a 24 días de trabajo por mes) a 360 pesos... en un país donde el salario promedio apenas rebasa los 400 pesos. ¿Es posible planificar un futuro personal entre márgenes como estos? El propio gobierno cubano ha reconocido la realidad palpable de que los salarios que se pagan son insuficientes para vivir. Con menos evidencia también ha aceptado las múltiples incapacidades de un modelo económico que no garantiza la productividad (Cuba importa más del 70% de la comida que consume) o de unos síntomas de desintegración social visibles en manifestaciones como la resurgida prostitución, la corrupción, el incremento de las manifestaciones de marginalidad, las ansias de migrar que acechan a muchos jóvenes.

    Pero se habla poco, casi nada, de la imposibilidad de fraguar modelos o aspiraciones de futuro fuera de las que garantiza el Estado (salud pública, educación, tan esenciales pero generadoras de otras expectativas en los individuos y sociedades que las tienen aseguradas). Digamos que un sueño tan necesario como el de tener una casa –y son muchos los que ocupan viviendas en condiciones deplorables o viven arracimados en espacios mínimos- es una utopía inalcanzable en un país donde una bolsa de cemento cuesta más de la tercera parte del salario promedio antes mencionado. Pero, después de concluir una carrera universitaria, ¿a qué puede aspirar una persona? Los cubanos de hoy, aun cuando tienen mayor margen de expresar sus insatisfacciones con el presente, son incapaces de prever un futuro que se avizora diferente, pero que nadie imagina cómo le llegará ni cuándo. El costoso paternalismo que generó el Estado y del que hoy trata de desembarazarse, también alcanza a esa aspiración de soñar un futuro posible, pues éste se regirá por las formas y decisiones que establezca el mismo Estado, en un gesto más de su paternalismo. ¿Qué cambios se producirán, cuándo, cómo nos afectarán a cada uno de nosotros y cuánto incidirá en nuestros futuros? Nadie parece saberlo, mientras pasan los años y lo que pudo ser futuro se queda en el pasado irrecuperable de las vidas individuales.

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